| Sin olvidar que existen
precedentes históricos más lejanos, el punto de partida de la actual situación
estratégica internacional es la aprobación, el 1 de agosto de 1975, del Acta final de
Helsinki, en la que los paises firmantes declaramos nuestra intención de respetar, en
nuestras relaciones mutuas, el principio de soberanía, de abstenernos de recurrir a la
amenaza o al uso de la fuerza, de aceptar y considerar inviolables las fronteras de 1945,
de arreglar las controversias por medios pacíficos, de no intervenir en los asuntos
internos de otros paises y de respetar los derechos humanos, las libertades fundamentales
y la libre determinación de los pueblos.
Tengo para mí que todos los acontecimientos posteriores, algunos tan importantes
como la caída del muro de Berlín, el de 9 de noviembre de 1989; la reunificación de
Alemania, el día 3 de octubre de 1990; la firma del Tratado sobre Fuerzas Convencionales
en Europa, el día 19 de noviembre del mismo año; o la disolución del Pacto de Varsovia,
el 25 de febrero de 1991, tienen sus raíces en aquel hecho inicial y en las medidas de
confianza, de carácter militar aunque de aplicación voluntaria, que se aprobaron en
Helsinki y que son, en definitiva, el embrión de todo el desarrollo posterior en este
campo.
En España hay dos factores que condicionan nuestra actual política de defensa. En
primer lugar, hoy el panorama internacional ha cambiado enormemente. La práctica
desaparición de la amenaza bipolar orientada principalmente este-oeste, la remota
posibilidad del desencadenamiento de un ataque masivo y por sorpresa y la aparición de
nuevos riesgos multifacéticos y multidimensionales, constituyen el nuevo escenario
estratégico que hoy observamos. En efecto, el panorama estratégico internacional ha
sufrido un cabio drástico en la última década. La desaparición de la amenaza
formidable procedente del Este ha roto el llamado equilibrio del terror, pero
ha liberado nuevos riesgos e incertidumbres que provocan conflictos de menor intensidad,
aunque largos y dolorosos, y que constituyen un auténtico desafío a la estabilidad, al
orden y a la paz en el mundo.
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En segundo lugar, la
adhesión de España a la OTAN y a la UEO, en 1982 y 1988, respectivamente, permite
afrontar nuestra seguridad y nuestra defensa desde un enfoque preferentemente colectivo, a
diferencia de la visión estratégica, eminentemente nacional e individualista, a la que
estábamos acostumbrados en el pasado. De la confluencia de estos dos factores se
desprende que España afronta una realidad compleja en un mundo incierto pero no por sí
sola sino en conjunto con nuestros aliados.
La actitud solidaria y activa de España en busca del establecimiento de unas
relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra, que
expresa el preámbulo de nuestra Constitución, se traduce en que España, por principio,
no identifica a ningún país como enemigo y renuncia expresamente al uso de la fuerza, y
por supuesto de la guerra, como medio de dirimir cualquier diferencia política. Dentro de
este principio, la actitud de España en el aspecto de defensa

y seguridad tiene por único objetivo la protección de sus
legítimos intereses.
Aunque España se reserva la decisión soberana de defender sus legítimos
intereses allá donde se vean amenazados, la coincidencia general entre nuestros intereses
nacionales particulares con los más generales de la comunidad occidental justifica la
tendencia a satisfacer aquellos dentro del contexto global de alianzas y organizaciones de
seguridad. Por ello resulta natural que España contribuya a la definición y asuma como
propia la |
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estrategia de la Alianza
Atlántica que, como la organización de seguridad más importante que el mundo ha tenido
en su historia, integra los intereses de cada uno de sus paises miembros en la defensa de
valores comunes como nuestra integridad territorial, nuestra libertad, nuestra forma de
vida, el sistema democrático que los españoles nos hemos dado, los derechos
fundamentales, la economía de mercado y tantos otros que me abstengo de enumerar en aras
de la brevedad.
Pero una comunidad que quiera sentirse segura necesita también seguridad en su
entorno porque la inestabilidad es un fenómeno contagioso y las consecuencias de los
conflictos pueden ser imprevisibles. Entender como la defensa colectiva de los valores
comunes va cediendo protagonismo a otros aspectos de seguridad es entender una parcela
importante de la profunda transformación que el mundo está viviendo. El concepto de
seguridad se ha ampliado y trasciende a la defensa colectiva para abarcar nuevas misiones
orientadas a proyectar la estabilidad y a garantizar la paz en el mundo.
Con este marco de referencia, pasemos a ver cual es el enfoque de la actual
política de defensa. Del principio fundamental (España no tiene enemigos y por tanto no
se siente amenazada) se deriva la estrategia española basada en el diálogo y
cooperación, medidas enfocadas a garantizar la estabilidad, pero sin perder la capacidad
de disuasión, prevención y gestión de crisis y, llegado el caso, adecuada respuesta
ante una hipotética agresión.
Por eso, el Presidente del Gobierno, ya en el Debate de investidura, estableció
que la seguridad y defensa nacional se basan en la noción de la suficiencia defensiva, en
la permanente voluntad de llevar a cabo la protección de los españoles, de sus derechos
e intereses en el exterior, en la participación activa de España en el proceso de
adaptación de la Alianza Atlántica a las nuevas circunstancias del mundo y de apoyar la
ampliación del espacio de seguridad europeo a las nuevas democracias del Centro y del
Este de Europa.
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