(*)
«Este trabajo se inició en el Boletín interno de la Raecy de
marzo de 1997. Su erudito y extraordinario interés nos
obliga a reeditarlo desde su inicio para que pueda llegar a un
mayor número de lectores.»
El huevo de
Colón en la Historia.
Huevo de Colón.
Cosa que aparenta tener mucha dificultad pero resulta ser fácil
al conocer su artificio.
(Del Diccionario de la Real Academia Española, vigésima
primera edición).
Esta charla debía
llamarse LA FORMA DE LA TIERRA, pero me pareció que resultaba
demasiado serio y formal, sugiriendo una erudita disertación en
lugar de una serie de comentarios sobre lo que a lo largo de los
siglos se ha ido sabiendo, o adivinando, sobre la forma de la
Tierra. Por eso me apoyé en una célebre anécdota , falsa además,
que ha servido para dar a entender que todavía al final del
siglo XV no se sabía que fuese esférica, salvo algunos genios,
Colón, por ejemplo, muy por encima de los conocimientos de su
tiempo. Esta idea es completamente falsa, tan falsa
probablemente como la anécdota del huevo que Colón rompió por
un extremo para demostrar cómo podía sostenerse a pesar de su
forma. Ya volveremos sobre Colón cuando llegue la hora de
estudiar su época. Ahora vamos a tomar la cuestión, no desde
sus orígenes que desconocemos, sino desde el momento en que hay
noticias históricas. Prescindiremos de las ideas sobre la forma
de la Tierra mitológicas o de antiguas religiones, porque no
responden al deseo de una explicación científica, sino a la
conveniencia de encontrar un vehículo material para dar una
enseñanza teológica. Ideas aparentemente ingenuas, pero muy
ricas en otro plano. Lástima que, con demasiada frecuencia en
el pasado se haya prescindido de la separación (no oposición)
de Ciencia y Religión para convertir los textos sagrados en
Cosmología, Física o Geografía.
TESIS.
La
tesis de esta charla es el conocimiento, desde muy antiguo, de
la forma esférica de la Tierra y aun el orden de magnitud de su
tamaño.
RAZONES DE ESTE CONOCIMIENTO.
En la
más remota antigüedad se estudiaba la bóveda celeste y los
astros más visibles. El hombre, como ser racional, no podía
por menos de sentir una gran curiosidad por el magnífico espectáculo
de la bóveda celeste y los movimientos aparentes de los astros
cuya regularidad notó sin duda muy pronto. Entre las pruebas de
la esfericidad de la Tierra que se aducían en mis ya lejanos días
de Enseñanza Primaria no solía citarse una que, seguramente,
fue la primera pista para los Astrónomos antiguos (o Astrólogos,
entonces no había diferencia). Es evidente que el magnífico
espectáculo celeste varía mucho con la localidad del
espectador; no se ve lo mismo desde todos los sitios; unas
estrellas son visibles en una latitud e invisibles en otras, hay
astros circumpolares y anticircumpolares, Sol de medianoche, Sol
en el cenit, etc. Ahora bien, si la Tierra fuese plana, se vería
lo mismo desde cualquier sitio. Ciertamente en una comarca pequeña,
como la Grecia clásica, no es mucha la variación y podría
pasar inadvertida. Los viajes por el Mediterráneo que se
extiende de Este a Oeste suponen poca variación de latitud y,
por tanto, tampoco dan lugar a apreciar grandes diferencias en
el aspecto del cielo. Pero hay un país, el Egipto Antiguo, que
se extiende de Norte a Sur centrado sobre el meridiano 31º E
desde el delta del Nilo hasta Abu Simbel, ya en Nubia, en no
menos de 9º de diferencia de latitud, desde Alejandría (de
fundación posterior) , algo más al norte del paralelo 31º N
hasta el paralelo 22º, ya al S del trópico de Cáncer. Estos
1000 km. en números redondos sí suponen un buen cambio para el
espectáculo y es indudable que la notabilísima cultura del
Egipcio Antiguo tenía que advertirlo. Unos hombres capaces de
construir las Pirámides tenían necesariamente capacidad científica
para explicarse de una manera racional el cambiante aspecto de
la bóveda celeste, sobre todo si entre los fenómenos más
llamativos figura el paso del Sol hacia el Norte, fenómeno
observable en cuanto se pasa hacia el Sur el Trópico de Cáncer
situado como grado y medio (unos 160 km.) al N de Abu Simbel.
También sabemos que observaban atentamente la estrella Sirio,
la Sotis egipcia, para predecir las crecidas del Nilo que luego
medían cuidadosamente con escalas (nilómetros) situados a lo
largo del río. Es muy difícil pensar que no advertían o no se
explicaban la distinta apariencia de los fenómenos astronómicos
en los distintos puntos del Nilo.
RAZONES DE LA FALTA DE DIVULGACION DEL CONOCIMIENTO.
Podemos preguntarnos: si los tenían, ¿cómo es posible que no
fueran divulgados estos conocimientos?. Estamos acostumbrados a
una comunidad científica extremadamente publicadora; muchas
carreras de investigador se basan en publicaciones; las
entidades que subvencionan la investigación exigen resultados;
para la provisión de cátedras cuenta mucho más lo que se haya
publicado que la actividad docente. Por eso, en cuanto se cree
haber hallado algo de relativo mérito, se envía a los papeles
para no correr el riesgo de que otro se adelante. El resultado
es una profusión exagerada de publicaciones científicas,
muchas de las cuales valen poco más que el papel que las
soporta, si no resultan sencillamente falsas. La prensa diaria
nos trae con mucha frecuencia descubrimientos sensacionales de
los que no se vuelve a hablar. Pero en la Antigüedad ocurría
lo contrario, se guardaban celosamente los descubrimientos
principales para revelarlos sólo a los iniciados; el
conocimiento importante era esotérico, esto es, reservado,
secreto. Concretamente en Egipto parece que los médicos sólo
eran informados de algunos secretos, tal vez referentes a la
circulación de la sangre, cuando alcanzaban el grado más
elevado de su profesión. Entre los misterios que se reservaban
los sacerdotes ¿cuántos no serían de tipo científico y aun técnico?.
Hay que esperar a la cultura griega para encontrar escuelas
filosóficas (los filósofos eran también los científicos)
abiertas capaces de difundir el conocimiento. Es curioso que en
la Edad Media se vuelve al secretismo, unas veces para no
suscitar sospechas de la Iglesia, caso de los científicos, y
otras para mantener privilegios de gremio artesanal. Lo que
hemos dicho sobre Egipto podría también decirse en buena parte
sobre Sumer, la India y China. En China, sobre todo, existe una
antiquísima tradición de observaciones astronómicas y la gran
extensión del país hace muy posible que advirtieran las
diferencias debidas al cambio de latitud. En Sumer parece que la
idea de la Tierra plana duró mucho tiempo, a pesar de la
extraordinaria precisión de muchas de sus observaciones astronómicas;
tal vez la concentración de observadores en un área
relativamente pequeña tuviera algo que ver.
EGIPTO.
Vamos, por brevedad, a limitarnos a Egipto para buscar más
pistas. Durante algún tiempo estuvo de moda estudiar la Gran
Pirámide, la de Keops, (siglo XXVI antes de Cristo) para
encontrar en ella todos los números importantes, por
ejemplo, el número p aparece porque, como hace notar el arqueólogo
Petrie, la altura de la pirámide es el radio de una
circunferencia cuya longitud es igual al perímetro de la base:
2 p h = 4 a
de donde resulta que p es el cociente del semiperímetro de la
base por la altura.
En codos egipcios la altura es de 280
codos y el lado 440 codos. El cociente anterior resulta 22
/ 7, una excelente aproximación de p todavía utilizable en la
práctica diaria (3.143 contra 3.142).
Como no es muy difícil, dado un cuerpo cualquiera, empezar a
hacer combinaciones con sus dimensiones hasta obtener cualquier
número que se desee, la Pirámide de Keops puede ser menos
significativa de lo que algunos pretenden, pero no podemos
resistir la tentación de citar una coincidencia que se
relaciona con la forma de la Tierra y que la presencia de otras,
como su casi exacta orientación N-S, E-W, hace más
interesante.
La base de la Pirámide tiene un perímetro de
921.712m. Hay que tener en cuenta que estas medidas se basan en
algunas suposiciones, ya que el revestimiento de la Pirámide ha
desaparecido en su mayor parte, pero no deja de ser una curiosa
coincidencia que el medio minuto de meridiano en la latitud de
26º, la media de Egipto, según las Tablas Náuticas es
923.18m. De aquí deducimos que el codo egipcio, unidad
utilizada en las medidas de la Pirámide, bien pudo estar
referido a la longitud del meridiano 3000 años antes del
Sistema Métrico Decimal.
VIAJES MARÍTIMOS ANTIGUOS.
Los
viajes marítimos largos (hay una palabra griega, periplo,
asociada con los viajes de circunnavegación, después aplicada
a las navegaciones de ida y vuelta y, por último, a cualquier
navegación importante y aun a la relación de la misma) también
daban lugar a explicaciones ¿cómo interpretar la forma de
aparecer y desaparecer tras el horizonte las tierras y los
mismos barcos?. Además un viaje suficientemente largo puede dar
lugar a un gran cambio de latitud con un cambio correlativamente
grande del aspecto de la bóveda celeste. Por citar el ejemplo más
conocido, hablemos del viaje de los fenicios por encargo del
faraón Necao. Reinaba este faraón por el 600 antes de Cristo y
encargó a los grandes navegantes de por entonces, los fenicios,
un viaje por las costas de África. No fue una navegación de
altura, ya que se realizó costeando, pero no deja de ser una
gran hazaña, teniendo que doblar el Cabo de Buena Esperanza y
navegar posteriormente contra las corriente de Guinea y los
alisios del NE. Pensemos también las dificultades de
avituallamiento en costas completamente desconocidas. Las
noticias sobre este viaje nos vienen a través de Herodoto,
(-484, -420), , el padre de la Historia, no muy escrupuloso al
analizar sus fuentes, si seguimos criterios actuales, pero un
innovador en su tiempo; nació en Halicarnaso, la actual Bodrum
en Turquía, en la zona de la exápolis dórica, vivió un siglo
después del viaje y visitó Egipto, por lo que en este asunto
es muy creíble. Sin embargo, en la antigüedad el relato del
viaje se consideró pura invención, precisamente por lo que
después le dio verosimilitud. La expedición salió de la costa
occidental del Mar Rojo y fue costeando África (llamada Libia
por entonces) dejando, por tanto, la costa por estribor. Efectuó
el recorrido de circunnavegación (periplo en sentido estricto)
casi por completo, ya que acabó en el delta del Nilo.
Entre las observaciones sobre el viaje figura la
que posteriormente pareció fabulosa y quitó verosimilitud al
relato: que el Sol, durante una buena parte del trayecto estaba
a su derecha, esto es, al N. Nos inclinamos a pensar que los
sabios (el término científico es muy moderno) contemporáneos
de Necao no vieron nada raro en ello por lo que ya hemos dicho;
de hecho, unos trescientos años después realizó Eratóstenes
la medición de la que en seguida vamos a hablar y que parece
presuponer un conocimiento previo generalizado sobre la
esfericidad de la Tierra. Está claro que, posteriormente, la
afirmación sobre el paso del Sol al N. es la que nos convence
de que el viaje es cierto, pues difícilmente se les hubiera
ocurrido una cosa así.
No podemos dejar la época de Necao y las historias
de Herodoto sin citar otro viajero y otro viaje. Nos referimos a
Scylax de Caria (región del Asia Menor del área cultural
griega). Scilax era griego y, como narra Herodoto, fue enviado
por Darío (sobre 515 antes de Cristo) para explorar el curso
del Indo. Estuvo ausente 2 años y medio y parece que realizó
un relato pormenorizado de su expedición, aunque lo que ha
llegado hasta nosotros es una compilación del 350 aC con el
nombre de Periplo de Scilax de Caria. En este caso la palabra
Periplo aparece en su significado de Derrotero, lo que
precisamente es y, por ahora, el más antiguo conocido escrito
con realismo y sin mitologías. [Si creyéramos, como algunos,
que la Odisea es un derrotero en clave, éste sería bastante más
antiguo]. Hay que pensar que Scilax intercambiaría
conocimientos con los habitantes de aquellas regiones que visitó.
En el siglo IV antes de Cristo vivió un navegante
singular, Pytheas de Massalia (Marsella) que realizó numerosas
navegaciones oceánicas, pasando por las costas O y N de la Península
Ibérica y por las de Bretaña. Se piensa que pudo llegar hasta
Islandia (tal vez la Última Thule de los griegos), así lo dice
Estrabón que lo tomó de Posidonio. También entró en el Báltico,
por lo menos hasta la desembocadura del Vístula. Fruto de estos
viajes fueron dos obras, Descripción del Océano y Peri-
plo (esto es,
derrotero). Lo traemos a colación porque consta que determinó
la latitud de Marsella, lo que presupone el conocimiento de la
Tierra esférica, aunque no de su tamaño, ya que las latitudes
obtenidas por observaciones astronómicas no dependen del radio
terrestre. Como curiosidad citemos que tuvo un atisbo de la
influencia de la Luna en las mareas, cosa que, naturalmente,
habría de basarse en sus navegaciones oceánicas, dada la
escasa importancia de las mareas en el Mediterráneo.
LOS FILÓSOFOS
GRIEGOS.
El célebre
Pitágoras (nacido en Samos, al principio de S. VI aC.),
afincado en la Magna Grecia (Sicilia y el S de la península
Italiana), concretamente en Crotona, en Calabria, fundó una
escuela filosófica muy ocultista y aun misteriosa que prohibía
dar a conocer algunas cosas a los que no fuesen iniciados. Sus
discípulos le atribuían todas las doctrinas fundamentales (autós
épha, él lo dijo), pero como lo que ha llegado a nosotros son
compilaciones posteriores, resulta ahora muy difícil separar lo
que es de Pitágoras de lo de sus seguidores. Sea como fuere,
esta escuela (u orden) afirmaba que la Tierra era esférica
porque lo eran el Sol y la Luna. Esta inferencia parece poco
fundada y así es por la pequeñez de la muestra limitada a tres
objetos, pero es un método de validez estadística muy empleado
en la Astronomía moderna para obtener conclusiones globales.
Hay que reconocer, no obstante, que el interés de los pitagóricos
iba mucho más por otros derroteros que por la Astronomía.
Poco más o menos por la época de Pytheas,
Heraclides Póntico (S. IV aC), contemporáneo de Aristóteles
y discípe Platón, director temporal de su Academia, opinaba
que la Tierra era esférica y, además, que giraba en torno a su
eje, según Simplicio (filósofo griego neoplatónico del S. VI
dC). Tal vez algunas opiniones reales hayan sido completadas por
comentaristas posteriores, pero parece claro que la idea de la
Tierra esférica era ya general en su tiempo. Digamos también
que se le puede considerar precursor de los estudios de fenómenos
paranormales.
Aristóteles, nacido en Estagira, Macedonia, (-384,
-322) preceptor de Alejandro Magno y fundador del Liceo (por
Apolo Lycius), por supuesto, creía también en la redondez del
planeta; en su tratado De Caelo lo declara así, llegando a
estimar, quizá por primera vez, el tamaño de la Tierra. Llega
a la cifra de 400000 estadios. El estadio griego tenía al
parecer 185,2m; este número será otra coincidencia, pero es un
cable actual exactamente, aunque no todos están conformes con
esta longitud del estadio; era la longitud de una carrera (600
pies griegos) en los juegos y dio nombre al propio recinto. Si
lo consideramos igual a 125 pasos geométricos de 1.393m se
obtiene para el estadio sólo 174.25m .
Con estos valores resulta que la Tierra de Aristóteles
era casi el doble de la real. Por aquella época también
Hiparco explicaba que la Tierra era redonda. Vemos que era un
asunto perfectamente aceptado por los sabios y que parece
haberse descubierto o intuido en épocas muy anteriores.
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