Presentación
Sumario de la revista: 

EDITORIAL. 
RESUMEN REGATAS.  
DERECHO MARÍTIMO. Ignacio de Ros. 
RAID DE MOTOS NÁUTICAS. María Sirvent. 
PESCANDO con Felipe Klein. 
SUBMARINISMO. Josep Laluenza. 
MUSEO MARÍTIMO. Elvira Mata. 
ASTRONOMÍA. Carlos Marchante. 
INSTRUMENTOS. Ignacio González. 
MUSEO NAVAL. Ricardo Dolarea 
COSTAS ESPAÑOLAS. Roger Galisteo. 
LA FORMA DE LA TIERRA. J.A. Fernández Palacios.  
CENTRO  de FORMACIÓN. 
<<JOVELLANOS>>. Enrique Fernández. 
EL TESORO DE LA ISLA DOMINICA. J.M. Gracia Menolcal. 
SEGUROS... Antonio de Falguera. 
MI AMIGO EL RADAR. José María Cardesín. 
COCINAR A BORDO. Joaquín Cayuela. 
MASCARONES DE PROA. Ricardo Arroyo. 
ARMADA ESPAÑOLA. José A. Viqueira. 
APRENDIENDO A PESCAR. P. Arcas. 
BROCKERAGE. José Estrella. 
NOTICIAS Y AGENDA.

 

 (*)   «Este trabajo se inició en el Boletín interno de la Raecy de marzo de 1997.  Su erudito y extraordinario interés nos obliga a reeditarlo desde su inicio para que pueda llegar a un mayor número de lectores.» 

El huevo de Colón en la Historia. 

Huevo de Colón. 
Cosa que aparenta tener mucha dificultad pero resulta ser fácil al conocer su artificio. 
(Del Diccionario de la Real Academia Española, vigésima primera edición). 

Esta charla debía llamarse LA FORMA DE LA TIERRA, pero me pareció que resultaba demasiado serio y formal, sugiriendo una erudita disertación en lugar de una serie de comentarios sobre lo que a lo largo de los siglos se ha ido sabiendo, o adivinando, sobre la forma de la Tierra. Por eso me apoyé en una célebre anécdota , falsa además, que ha servido para dar a entender que todavía al final del siglo XV no se sabía que fuese esférica, salvo algunos genios, Colón, por ejemplo, muy por encima de los conocimientos de su tiempo. Esta idea es completamente falsa, tan falsa probablemente como la anécdota del huevo que Colón rompió por un extremo para demostrar cómo podía sostenerse a pesar de su forma. Ya volveremos sobre Colón cuando llegue la hora de estudiar su época. Ahora vamos a tomar la cuestión, no desde sus orígenes que desconocemos, sino desde el momento en que hay noticias históricas. Prescindiremos de las ideas sobre la forma de la Tierra mitológicas o de antiguas religiones, porque no responden al deseo de una explicación científica, sino a la conveniencia de encontrar un vehículo material para dar una enseñanza teológica. Ideas aparentemente ingenuas, pero muy ricas en otro plano. Lástima que, con demasiada frecuencia en el pasado se haya prescindido de la separación (no oposición) de Ciencia y Religión para convertir los textos sagrados en Cosmología, Física o Geografía.    

TESIS. 

   La tesis de esta charla es el conocimiento, desde muy antiguo, de la forma esférica de la Tierra y aun el orden de magnitud de su tamaño. 
 

   RAZONES DE ESTE CONOCIMIENTO. 

   En la más remota antigüedad se estudiaba la bóveda celeste y los astros más visibles. El hombre, como ser racional, no podía por menos de sentir una gran curiosidad por el magnífico espectáculo de la bóveda celeste y los movimientos aparentes de los astros cuya regularidad notó sin duda muy pronto. Entre las pruebas de la esfericidad de la Tierra que se aducían en mis ya lejanos días de Enseñanza Primaria no solía citarse una que, seguramente, fue la primera pista para los Astrónomos antiguos (o Astrólogos, entonces no había diferencia). Es evidente que el magnífico espectáculo celeste varía mucho con la localidad del espectador; no se ve lo mismo desde todos los sitios; unas estrellas son visibles en una latitud e invisibles en otras, hay astros circumpolares y anticircumpolares, Sol de medianoche, Sol en el cenit, etc. Ahora bien, si la Tierra fuese plana, se vería lo mismo desde cualquier sitio. Ciertamente en una comarca pequeña, como la Grecia clásica, no es mucha la variación y podría pasar inadvertida. Los viajes por el Mediterráneo que se extiende de Este a Oeste suponen poca variación de latitud y, por tanto, tampoco dan lugar a apreciar grandes diferencias en el aspecto del cielo. Pero hay un país, el Egipto Antiguo, que se extiende de Norte a Sur centrado sobre el meridiano 31º E desde el delta del Nilo hasta Abu Simbel, ya en Nubia, en no menos de 9º de diferencia de latitud, desde Alejandría (de fundación posterior) , algo más al norte del paralelo 31º N hasta el paralelo 22º, ya al S del trópico de Cáncer. Estos 1000 km. en números redondos sí suponen un buen cambio para el espectáculo y es indudable que la notabilísima cultura del Egipcio Antiguo tenía que advertirlo. Unos hombres capaces de construir las Pirámides tenían necesariamente capacidad científica para explicarse de una manera racional el cambiante aspecto de la bóveda celeste, sobre todo si entre los fenómenos más llamativos figura el paso del Sol hacia el Norte, fenómeno observable en cuanto se pasa hacia el Sur el Trópico de Cáncer situado como grado y medio (unos 160 km.) al N de Abu Simbel. También sabemos que observaban atentamente la estrella Sirio, la Sotis egipcia, para predecir las crecidas del Nilo que luego medían cuidadosamente con escalas (nilómetros) situados a lo largo del río. Es muy difícil pensar que no advertían o no se explicaban la distinta apariencia de los fenómenos astronómicos en los distintos puntos del Nilo. 

   RAZONES DE LA FALTA DE DIVULGACION DEL CONOCIMIENTO. 

   Podemos preguntarnos: si los tenían, ¿cómo es posible que no fueran divulgados estos conocimientos?. Estamos acostumbrados a una comunidad científica extremadamente publicadora; muchas carreras de investigador se basan en publicaciones; las entidades que subvencionan la investigación exigen resultados; para la provisión de cátedras cuenta mucho más lo que se haya publicado que la actividad docente. Por eso, en cuanto se cree haber hallado algo de relativo mérito, se envía a los papeles para no correr el riesgo de que otro se adelante. El resultado es una profusión exagerada de publicaciones científicas, muchas de las cuales valen poco más que el papel que las soporta, si no resultan sencillamente falsas. La prensa diaria nos trae con mucha frecuencia descubrimientos sensacionales de los que no se vuelve a hablar. Pero en la Antigüedad ocurría lo contrario, se guardaban celosamente los descubrimientos principales para revelarlos sólo a los iniciados; el conocimiento importante era esotérico, esto es, reservado, secreto. Concretamente en Egipto parece que los médicos sólo eran informados de algunos secretos, tal vez referentes a la circulación de la sangre, cuando alcanzaban el grado más elevado de su profesión. Entre los misterios que se reservaban los sacerdotes ¿cuántos no serían de tipo científico y aun técnico?.  Hay que esperar a la cultura griega para encontrar escuelas filosóficas (los filósofos eran también los científicos) abiertas capaces de difundir el conocimiento. Es curioso que en la Edad Media se vuelve al secretismo, unas veces para no suscitar sospechas de la Iglesia, caso de los científicos, y otras para mantener privilegios de gremio artesanal. Lo que hemos dicho sobre Egipto podría también decirse en buena parte sobre Sumer, la India y China. En China, sobre todo, existe una antiquísima tradición de observaciones astronómicas y la gran extensión del país hace muy posible que advirtieran las diferencias debidas al cambio de latitud. En Sumer parece que la idea de la Tierra plana duró mucho tiempo, a pesar de la extraordinaria precisión de muchas de sus observaciones astronómicas; tal vez la concentración de observadores en un área relativamente pequeña tuviera algo que ver.    

EGIPTO. 

   Vamos, por brevedad, a limitarnos a Egipto para buscar más pistas. Durante algún tiempo estuvo de moda estudiar la Gran Pirámide, la de Keops, (siglo XXVI antes de Cristo) para encontrar en ella todos los números  importantes, por ejemplo, el número p aparece porque, como hace notar el arqueólogo Petrie, la altura de la pirámide es el radio de una circunferencia cuya longitud es igual al perímetro de la base:                  2 p h  =  4 a 
de donde resulta que p es el cociente del semiperímetro de la base por la altura. 
    En codos egipcios  la altura es de 280 codos y el lado 440 codos. El cociente anterior resulta  22 / 7, una excelente aproximación de p todavía utilizable en la práctica diaria  (3.143 contra 3.142). 
Como no es muy difícil, dado un cuerpo cualquiera, empezar a hacer combinaciones con sus dimensiones hasta obtener cualquier número que se desee, la Pirámide de Keops puede ser menos significativa de lo que algunos pretenden, pero no podemos resistir la tentación de citar una coincidencia que se relaciona con la forma de la Tierra y que la presencia de otras, como su casi exacta orientación N-S, E-W, hace más interesante. 
   La base de la Pirámide tiene un perímetro de 921.712m. Hay que tener en cuenta que estas medidas se basan en algunas suposiciones, ya que el revestimiento de la Pirámide ha desaparecido en su mayor parte, pero no deja de ser una curiosa coincidencia que el medio minuto de meridiano en la latitud de 26º, la media de Egipto, según las Tablas Náuticas es 923.18m. De aquí deducimos que el codo egipcio, unidad utilizada en las medidas de la Pirámide, bien pudo estar referido a la longitud del meridiano 3000 años antes del Sistema Métrico Decimal. 
 

   VIAJES MARÍTIMOS ANTIGUOS. 

   Los viajes marítimos  largos (hay una palabra griega, periplo, asociada con los viajes de circunnavegación, después aplicada a las navegaciones de ida y vuelta y, por último, a cualquier navegación importante y aun a la relación de la misma) también daban lugar a explicaciones ¿cómo interpretar la forma de aparecer y desaparecer  tras el horizonte las tierras y los mismos barcos?. Además un viaje suficientemente largo puede dar lugar a un gran cambio de latitud con un cambio correlativamente grande del aspecto de la bóveda celeste. Por citar el ejemplo más conocido, hablemos del viaje de los fenicios por encargo del faraón Necao. Reinaba este faraón por el 600 antes de Cristo y encargó a los grandes navegantes de por entonces, los fenicios, un viaje por las costas de África. No fue una navegación de altura, ya que se realizó costeando, pero no deja de ser una gran hazaña, teniendo que doblar el Cabo de Buena Esperanza y navegar posteriormente contra las corriente de Guinea y los alisios del NE.  Pensemos también las dificultades de avituallamiento en costas completamente desconocidas. Las noticias sobre este viaje nos vienen a través de Herodoto, (-484, -420), , el padre de la Historia, no muy escrupuloso al analizar sus fuentes, si seguimos criterios actuales, pero un innovador en su tiempo; nació en Halicarnaso, la actual Bodrum en Turquía, en la zona de la exápolis dórica, vivió un siglo después del viaje y visitó Egipto, por lo que en este asunto es muy creíble. Sin embargo, en la antigüedad el relato del viaje se consideró pura invención, precisamente por lo que después le dio verosimilitud. La expedición salió de la costa occidental del Mar Rojo y fue costeando África (llamada Libia por entonces) dejando, por tanto, la costa por estribor. Efectuó el recorrido de circunnavegación (periplo en sentido estricto) casi por completo, ya que acabó en el delta del Nilo. 
   Entre las observaciones sobre el viaje figura la que posteriormente pareció fabulosa y quitó verosimilitud al relato: que el Sol, durante una buena parte del trayecto estaba a su derecha, esto es, al N. Nos inclinamos a pensar que los sabios (el término científico es muy moderno) contemporáneos de Necao no vieron nada raro en ello por lo que ya hemos dicho; de hecho,  unos trescientos años después realizó Eratóstenes la medición de la que en seguida vamos a hablar y que parece presuponer un conocimiento previo generalizado sobre la esfericidad de la Tierra. Está claro que, posteriormente, la afirmación sobre el paso del Sol al N. es la que nos convence de que el viaje es cierto, pues difícilmente se les hubiera ocurrido una cosa así. 
   No podemos dejar la época de Necao y las historias de Herodoto sin citar otro viajero y otro viaje. Nos referimos a Scylax de Caria (región del Asia Menor del área cultural griega). Scilax era griego y, como narra Herodoto, fue enviado por Darío (sobre 515 antes de Cristo) para explorar el curso del Indo. Estuvo ausente 2 años y medio y parece que realizó un relato pormenorizado de su expedición, aunque lo que ha llegado hasta nosotros es una compilación del 350 aC con el nombre de Periplo de Scilax de Caria. En este caso la palabra Periplo aparece en su significado de Derrotero, lo que precisamente es y, por ahora, el más antiguo conocido escrito con realismo y sin mitologías. [Si creyéramos, como algunos, que la Odisea es un derrotero en clave, éste sería bastante más antiguo]. Hay que pensar que Scilax intercambiaría conocimientos con los habitantes de aquellas regiones que visitó. 
   En el siglo IV antes de Cristo vivió un navegante singular, Pytheas de Massalia (Marsella) que realizó numerosas navegaciones oceánicas, pasando por las costas O y N de la Península Ibérica y por las de Bretaña. Se piensa que pudo llegar hasta Islandia (tal vez la Última Thule de los griegos), así lo dice Estrabón que lo tomó de Posidonio. También entró en el Báltico, por lo menos hasta la desembocadura del Vístula. Fruto de estos viajes fueron dos obras, Descripción del Océano y Peri- 

plo (esto es, derrotero). Lo traemos a colación porque consta que determinó la latitud de Marsella, lo que presupone el conocimiento de la Tierra esférica, aunque no de su tamaño, ya que las latitudes obtenidas por observaciones astronómicas no dependen del radio terrestre. Como curiosidad citemos que tuvo un atisbo de la influencia de la Luna en las mareas, cosa que, naturalmente, habría de basarse en sus navegaciones oceánicas, dada la escasa importancia de las mareas en el Mediterráneo.   

LOS FILÓSOFOS GRIEGOS.  

   El célebre Pitágoras (nacido en Samos,  al principio de S. VI aC.), afincado en la Magna Grecia (Sicilia y el S de la península Italiana), concretamente en Crotona, en Calabria, fundó una escuela filosófica muy ocultista y aun misteriosa que prohibía dar a conocer algunas cosas a los que no fuesen iniciados. Sus discípulos le atribuían todas las doctrinas fundamentales (autós épha, él lo dijo), pero como lo que ha llegado a nosotros son compilaciones posteriores, resulta ahora muy difícil separar lo que es de Pitágoras de lo de sus seguidores. Sea como fuere, esta escuela (u orden) afirmaba que la Tierra era esférica porque lo eran el Sol y la Luna. Esta inferencia parece poco fundada y así es por la pequeñez de la muestra limitada a tres objetos, pero es un método de validez estadística muy empleado en la Astronomía moderna para obtener conclusiones globales. Hay que reconocer, no obstante, que el interés de los pitagóricos iba mucho más por otros derroteros que por la Astronomía. 
   Poco más o menos por la época de Pytheas, Heraclides  Póntico (S. IV aC), contemporáneo de Aristóteles y discípe Platón, director temporal de su Academia, opinaba que la Tierra era esférica y, además, que giraba en torno a su eje, según Simplicio (filósofo griego neoplatónico del S. VI dC). Tal vez algunas opiniones reales hayan sido completadas por comentaristas posteriores, pero parece claro que la idea de la Tierra esférica era ya general en su tiempo. Digamos también que se le puede considerar precursor de los estudios de fenómenos paranormales. 
   Aristóteles, nacido en Estagira, Macedonia, (-384, -322) preceptor de Alejandro Magno y fundador del Liceo (por Apolo Lycius), por supuesto, creía también en la redondez del planeta; en su tratado De Caelo lo declara así, llegando a estimar, quizá por primera vez, el tamaño de la Tierra. Llega a la cifra de 400000 estadios. El estadio griego tenía al parecer 185,2m; este número será otra coincidencia, pero es un cable actual exactamente, aunque no todos están conformes con esta longitud del estadio; era la longitud de una carrera (600 pies griegos) en los juegos y dio nombre al propio recinto. Si lo consideramos igual a 125 pasos geométricos de 1.393m se obtiene para el estadio sólo 174.25m . 
   Con estos valores resulta que la Tierra de Aristóteles era casi el doble de la real. Por aquella época también Hiparco explicaba que la Tierra era redonda. Vemos que era un asunto perfectamente aceptado por los sabios y que parece haberse descubierto o intuido en épocas muy anteriores. 
 
 

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