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LA AVENTURA DEL “CONQUISTADOR UNO”

   

Aún no eran las tres de la madrugada de un apacible cuatro de febrero del 2001 cuando el comandante Oriol al mando del submarino catamarán “Conquistador uno” de la orden de zarpar a su tripulación. El Puerto de la Romana de la Republica Dominicana, en el paralelo 18, 70º Oeste, presentaba una calma tensa, la tripulación y el grupo de apoyo sabía que a las seis de la mañana recibirían la orden de la justicia para ser apresados, y aunque el armamento disponible, pistolas, metralletas, granadas de mano, etc, era suficiente para intimidar al puesto de guardia de la comandancia de marina del puerto, también estaban al acecho media docena de sicarios rusos bien armados, contratados para evitar la salida.
La tripulación, Capitán Pablo Caneda, Copiloto Alejandro Gamallo, Oficial de Máquinas Marcelino Argibay, técnico especialista Claudio Alday, y el marinero David Devesa, todos gallegos, ¡los mejores entre los buenos!, eran conscientes de que la orden recibida de su comandante era solo un billete de ida, sin posibilidad alguna de dar media vuelta, y que las probabilidades de alcanzar nuestro destino, sin casi instrumentos de navegación para surcar 135 millas hasta Puerto Rico, de noche, y con barcos de superficie persiguiéndonos, eran muy escasas. Además, había que cruzar el estrecho de la mona, con corrientes de hasta cinco nudos, olas de casi seis metros, y rechas de viento de hasta 60 nudos. Solo disponíamos para navegar de un compás y una carta náutica del sector a recorrer.
Ninguno dudo ni por un momento. Nos encomendamos a la Virgen del Carmen con una salve y se soltaron amarras. El comandante con los pilotos fueron al puente y el resto se apostó entre los mamparos de la cubierta de popa con sus armas, mientras un grupo de apoyo en tierra con un oficial del ejercito Dominicano al mando, nos daba cobertura.
Aun antes de salir del puerto, la tripulación cambió la bandera Dominicana por el pabellón Español, como símbolo de que el submarino que había sido robado volvía otra vez a estar controlado por los Españoles.
Las primeras horas de navegación fueron tensas y duras, teníamos luna nueva, y oteábamos el horizonte mirando hacia popa tratando de visualizar estelas o de captar sonidos del enemigo, pero la mar estaba calma y no presentaba mayores problemas en esos momentos.
El conquistador tenía una escasa velocidad de seis nudos a velocidad crucero, los motores Volvo de 78 CV resoplaban para desplazar las casi 65 TM en los 18 metros de eslora de los cascos del catamarán, y si teníamos que sumergirnos, la corriente nos arrastraría a su antojo, ya que los tres nudos máximos de velocidad que puede alcanzar el Conquistador con propulsión eléctrica quedarían anulados por la mayor velocidad de la corriente aun descuartelar por babor.

Ya de madrugada comenzamos a temer la búsqueda con helicópteros de la armada Dominicana, que había sido engañada y confundida por un grupo de mafiosos internacionales. Seguimos navegando y alcanzamos aguas internacionales. Todos respiramos más tranquilos, pero solo un poco más tranquilos, pues sabíamos que atrás habíamos dejado unos meses de persecuciones, amenazas, peleas, juicios militares y todo un rosario de angustias, y mucha gente, que con permanentes chantajes y corruptelas, habían logrado secuestrar al submarino y a la tripulación, y que ahora tratarían de volver a apoderarse otra vez de ella a cualquier precio.
Afortunadamente no divisamos ningún aparato del enemigo. Teníamos una ventaja importante; nadie en la Isla pensó que nos atreveríamos a realizar esa travesía con el submarino, pues técnica y operativamente era una verdadera locura, y casi imposible. Además dejamos un reten isleño controlando la persecución, y con el comandante del puesto de la Romana logramos llegar a “un arreglo”. Pero aún así, los intereses en juego y los enfrentamientos surgidos eran muchos.

Pronto apareció otro enemigo, casi sin avisar y sin posibilidad de evasión; olas de cinco y seis metros por la amura de babor y vientos racheados de 50 nudos empezaron a golpear la obra muerta de poliéster del Conquistador, íbamos navegando a solo casi dos nudos de velocidad real. Era el estrecho de la mona, donde se juntan las aguas del atlántico y del caribe. Las olas barrían por encima del puente de cabina, a veces realmente navegábamos sumergidos pero con el submarino en superficie, pues de hacer la inmersión real nos hubiera llevado la corriente. Con todas las escotillas cerradas, Lino, el oficial de máquinas, tenía que repostar combustible en cubierta mediante un tubo preparado para la ocasión, y con unas garrafas en bañera suplíamos la falta de capacidad de nuestros tanques de gas-oil, pues no estan diseñados estos sumergibles para travesías así. Mientras repostaba, Claudio y David le sujetaban para que no lo llevasen las olas. Era luchar con mínimas posibilidades, a pesar del valor y destreza de la tripulación, las condiciones sobrepasaban a veces cualquier supuesto teórico. Ya anocheciendo se averió el motor de estribor, prácticamente navegábamos hacia atrás, solo la pericia de Pablo y Alejandro “Jimy” logró que avanzáramos algo en aquellas horas. Lino logró reparar el motor, y ya de noche la mar se fue volviendo más calma, pasando de gruesa a marejada, íbamos dejando atrás el estrecho y nos acercábamos a Mayagüez, al oeste de Puerto Rico. Más tranquilos, pero cansados y sin comer, pués con las prisas y la urgencia de la salida no reparamos en ello, largamos un aparejo, pero no tuvimos suerte, y mientras Pablo y Jimy hacían continuas mediciones con los astros y cotejaban la carta y el compás, desde cubierta atisbábamos de vez en cuando restos de naufragios de pateras procedentes de la república y de Haití hacia Puerto Rico.

Cuantos hombres y mujeres que querían algo mejor; tal vez una posibilidad para sus hijos, o simplemente el derecho a poder soñar para sentirse hombres aunque casi siempre te despiertes con la pesadilla de la muerte; habrán dejado sus huellas cicatrizadas en esos mataderos.
A las 6,20 de la mañana avistámos tierra, con mar rizada y pequeños golpes de cachopas en rachas alcanzamos la ensenada. Se veian las luces todavía encendidas del pequeño puerto. No teníamos nada a bordo para brindar, pero un par de pitillos que nos quedaban fueron suficientes para aspirar entre todos esa alegría profunda que se siente entre camaradas cuando alcanzar lo que parecia imposible.
Arribamos a puerto, allí nos estába esperando el Cónsul de España en Puerto Rico y otras personalidades. Una vez atracados, y despuesde los pertinentes protocolos, aun nos quedo resuello para volver la cabeza y mirar, desde la dársena, al Conquistador Uno. Habiamos navegado ventiocho horas sin parar, dos noches y un dia, cruzando un estrecho por el cual muchos yates y grandes barcos con muchos más medios y posibilidades no se atreven a hacerlo si no es en mucho mejores condiciones. Nos enteramos en Mayagüez que en esos dias habian suspendido la travesia todos los barcos desde Santo Domingo menos un maderero con rumbo a Suráfrica. Pero el Conquistador no podia permitirse ese lujo, se entrego en manos de la mejor de las tripulaciones y cumplir algo para lo cual no estaba diseñado ni de lejos, y ahí estaba ahora, reposando en su tranquilo balanceo, orgulloso y silete, ala espera de nuevas ordenes

Cuando llegamos a España, ni armadores ni marinos creian que fuera verdad, y hubo algunos que hasta fueron al puerto de Marin para verlo por ellos mismos, y ahora esta, como todos los dias desde hace año y medio, surcando y adentrándose varias veces por jornada con su habitual majestad y señorio, en las azules y transparentes aguas de Lanzarote.

   
PROA a la mar

N.º147