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MARINOS MERCANTES ESPAÑOLES

   

Muchos se fueron a navegar, nuevamente, en buques extranjeros, a veces propiedad de empresas españolas que para huir de la irresponsable presión sindical y las pésimas políticas gubernamentales desde 1982 a 1995, cambiaban sus buques de bandera, siendo el ejemplo más notorio el abanderamiento en el extranjero de toda la flota de la Empresa Nacional Elcano de la Marina Mercante S.A.

Una empresa estatal española, y por tanto propiedad de cada uno de nosotros, que abanderó todos sus barcos en pabellón extraño, con el visto bueno del Gobierno del Partido Socialista, en el poder durante aquellos años.

Increíble pero cierto, como lo fue la actuación ordenada por tal Gobierno a la Sociedad de Gestión de Buques, detallada en mi libro “Los Barcos de Pérez y Cía.”

Es esperpéntico que un país marítimo, donde la mayor parte de su población es periférica y vive junto al mar, estuviese sometido a ideas mesetarias que anteponen siempre lo terrestre, a lo largo de la Historia mas reciente.

Mesetarismo ciego a ultranza que no fomentó una adecuada Marina Mercante con barcos de nuestra bandera, como lo hicieron y hacen hoy en día otros países de nuestra Unión Europea, aprovechándose de los efectos multiplicadores de una Flota nacional competitiva.

El último Gobierno – en el siglo XX - de aquellos patriotas de vía tan estrecha que prácticamente acabaron con la Flota Mercante española (en vez de defenderla con moratorias, seleccionadas, del pago de créditos navales, reducción o eliminación de anacrónicos impuestos sobre barcos de bandera, permitir la máxima automatización y la reducción del número de tripulantes excesivo, entre otras medidas oportunas) instauró la solución hipócrita del Segundo Registro, consistente en permitir enarbolar el pabellón español a buques que gozan de especiales privilegios, si están matriculados en los puertos de las Islas Canarias.

¿Por qué no legislar para que las condiciones favorables de puertos canarios se apliquen, constitucionalmente, en los demás puertos de España, sin excepción alguna?

Simultáneamente se mantienen abiertas las Escuela Superiores de la Marina Civil, facultades universitarias que producen licenciados imposibilitados para desarrollar su profesión en barcos que no existen bajo la bandera de nuestra Patria, Patria que paga estas Escuelas y también, a los armadores extranjeros, los fletes de prácticamente todas las mercancías importadas y exportadas a través de los puertos españoles.

“Toda Nación que deje hacer por otra una navegación que pudiera hacer por ella misma, compromete su soberanía y lesiona gravemente la economía de sus habitantes”,

decía el general argentino Manuel Belgrano hace dos siglos y su argumento es válido hoy en día, en aquel país tan rico en recursos naturales y más en el nuestro donde escasean y tenemos tantas costas y puertos ayunos de barcos con nuestra bandera.

Los españoles que amamos nuestra Patria, hemos sufrido por el declive horrendo de nuestra Marina Mercante y pagado impuestos para tapar el inmenso agujero que produjo – y sigue produciendo - la balanza de fletes, totalmente negativa , tenemos el derecho a demandar al Poder Público para que, dentro de las normas de libre competencia de la Unión Europea, busque la manera de abanderar nuevamente muchos buques mercantes en España, matriculados en cualquiera de sus puertos.

Buques tripulados por marinos españoles serios, competentes y con la mentalidad occidental de cumplimiento de sus obligaciones, tan diferente de la mayoría de los tripulantes de otras civilizaciones, enroladas con sueldos miserables y, generalmente, con rendimiento acorde con el sueldo, en barcos de banderas de sobra conocidas.

Uno de los orígenes de tantos siniestros marítimos que producen pérdidas incalculables y riesgos innecesarios en la navegación por todos los océanos de la Tierra.

Nota: Escrito extractado del libro “Diecinueve Mercantes y un Destructor”, de próxima publicación.

 

Cual viejo buque reparando, en dique o a flote, para retrasar su desguace inevitable, paso mis horas en forzado descanso y, desde mi ventana, contemplo el puerto, los muelles y sus grúas y la bahía – un mar en miniatura – cruzada por un sinfín de barcos de todos los tipos, tamaños y banderas, con casi nula presencia de nuestra roja y gualda que otrora enarbolaban tantos buques tripulados por miles de compatriotas nacidos en cualquiera de las 17 comunidades autonómicas en que fragmenta España la reciente Historia.

La Historia - bosque inmenso - redactada por los imprescindibles investigadores, maestros en recopilar, manejar y encauzar fichas, documentos y datos, generalmente ajenos a sus vidas, no dice nada de los mas de treinta mil marinos mercantes españoles entre oficiales y marineros, navegando en buques de nuestra bandera y extranjeros en la segunda mitad del Siglo XX y, con mayor precisión, al comienzo de los 1980. Tampoco la Historia dice mucho de los barcos mercantes mayores de 100 Toneladas de Registro Bruto de aquel tiempo, con la honrosísima excepción de los escritos de mi paisano y amigo Rafael González Echegaray, fallecido en 1985, la revista U.O.M.M., de la Unión de Oficiales de la Marina Mercante, desde 1964 a su desaparición en 1975 y dos o tres publicaciones más, de menor alcance.

Dejar sin referencia histórica a tan numeroso colectivo de profesionales y generadores económicos notables, es un vacío que contrasta con las abundantes referencias de este tipo a los temporeros españoles dedicados a vendimiar en Francia, recoger fruta en Aragón y Cataluña, cosechar el trigo, aceitunas y naranjas, actividades que menciono únicamente como ejemplo de comparación numérica.

Un gran vacío, explicable sólo en un país de terrícolas – en el sentido más terrestre - que viven de espaldas al mar olvidando la realidad geográfica de España, el mayor trozo de una gran península – más dos archipiélagos hermosos y las ínsulas de Ceuta y de Melilla – separada del Continente por los Pirineos franqueables solo por dos pasos de gran flujo y cuya principal vía para la importación y exportación de mercancías probablemente es el mar, dónde solamente flotaban 204 – doscientos cuatro – barcos mercantes, estrictamente dedicados a transporte de mercancías y/o pasajeros, mayores de 100 toneladas de Registro Bruto (TRB-GT) bajo nuestro pabellón, en Enero de 2002 según dicen las estadísticas de ANAVE (Asociación de Navieros Españoles, entidad sucesora de la Oficina Central Marítima, OFICEMA, desde 1977).

Un gran vacío, insisto, pues en 1968 había casi el triple de buques españoles mayores de 100 TRB-GT (medición nueva de Tonelaje que reduce las cifras anteriores medidas en TRB). Y en el cénit de nuestra Flota mercante, al finalizar el año 1978, había unos 690 buques mercantes de bandera española con 7,8 millones de TRB-GT, según la misma fuente, en su libro “ANAVE 1952-2002”.

Para tripular aquellos 690 buques mercantes, en su inmensa mayoría construidos obligatoriamente por astilleros de nuestro país y con financiación también española, a costa de los contribuyentes de nuestra Patria, se necesitaban más de DIEZ MIL oficiales mercantes entre capitanes, pilotos, maquinistas, radiotelegrafistas y alumnos de prácticas – incluyendo patrones y mecánicos navales - legión a la que procede añadir todos los oficiales mercantes embarcados en pesqueros, buques menores y artefactos flotantes, no incluidos en aquellas estadísticas, prácticos de puerto, muchos centenares que trabajaban en tierra, los que hacían cursillos para examinarse e intentar conseguir un grado superior y otros miles que aún quedaban en barcos extranjeros, emigrantes que enviaban a España prácticamente todos sus ingresos fortaleciendo nuestra balanza de pagos y divisas.

Se esfumaron los barcos y los oficiales y marineros – estos últimos mucho más numerosos – que pudieron, se jubilaron o prejubilaron abultando las gravosas listas de los desempleados, como los antiguos trabajadores de astilleros y otras actividades relacionadas con el mar. Otros, más jóvenes incrementaron las listas de parados y/o buscaron empleo en otros pagos extraños a su vocación y oficio.
   
PROA a la mar

N.º147