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Hace poco la prensa informaba del paso del buque-escuela
“Juan Sebastián de Elcano” por el estrecho de Magallanes y
su recalada en Punta Arenas (Chile) los días 11 y 12 de
febrero, durante su LXXV Crucero de Instrucción. Esto me
trajo a la memoria otra de sus visitas a la región
magallánica, cuando en marzo de 1970 me correspondió
acompañar a una delegación del buque hasta un lugar al sur
de Punta Arenas donde yacen vestigios de un poblado español
fundado en 1584, cuya excavación arqueológica estaba yo
dirigiendo en aquel entonces.
Estas pocas líneas, a manera de preámbulo, revelan cual ha
sido el impulso que me ha llevado a redactar estos
comentarios acerca del tiempo en que he incursionado por el
ámbito de la arqueología orientada hacia la presencia
hispana en América.
ESCUDRIÑANDO LA HISTORIA A TRAVÉS DE LA ARQUEOLOGÍA
Esta breve crónica, que es sobre todo personal y anecdótica,
debo iniciarla a partir de 1962, es decir hace poco más de
cuatro décadas, cuando siendo todavía estudiante
universitario efectué mis primeras prospecciones a la
búsqueda de vestigios arqueológicos en la costa central de
Chile. La información recogida acerca de contextos
precolombinos resultó rica y variada. Menos abundante, pero
no obstante significativa, fue la información concerniente
al período colonial especialmente bajo la forma de alfarería
europea. Pero era sólo el inicio, ya que más tarde la tarea
continuó en otras regiones de ese continente y se ha venido
prolongado hasta el día de hoy.
Una investigación que, entre 1969 y 1971, entregó
interesantes resultados fue la que tuvo como objetivo la
búsqueda y análisis de vestigios asociados a los
asentamientos fundados a fines del siglo XVI en la región
austral de Chile, por iniciativa del capitán pontevedrés
Pedro Sarmiento de Gamboa. Podría decirse, en pocas
palabras, que Sarmiento ejecutó un importante trabajo
cartográfico en el estrecho de Magallanes, habiendo sido
además el primero que concibió la posibilidad de colonizar
el área con el ánimo de mejor defenderla.
Sus planes respondían a la preocupación que había producido
la circunnavegación llevada a cabo por Francis Drake entre
1577 y 1580, la que puso en peligro la seguridad de los
territorios hispanos de la costa occidental sudamericana.
Sarmiento planteó la posibilidad de fortificar la costa
magallánica para evitar el ingreso de flotas enemigas -como
la de Drake- iniciando su empresa a comienzos de 1584 con la
instalación de dos asentamientos que tuvieron escasa
duración debido a la dificultad para mantenerse en
comunicación con la metrópoli o con otras poblaciones de la
América hispana. Los nombres de estos poblados fueron Nombre
de Jesús y Rey don Felipe, siendo este último el que entregó
más vestigios arqueológicos correspondientes a ese episodio
histórico. El asentamiento de Rey don Felipe recibió el
sombrío apodo de Puerto del Hambre con que le gratificó en
1587 el corsario Thomas Cavendish, luego de encontrar allí
sólo los cadáveres de sus habitantes.
Para los estudios efectuados conté con el patrocinio del
Instituto de la Patagonia de Punta Arenas, pero no menos
importante fue el estímulo proveniente de España. Yo conocía
ya la obra fundamental para enfrentar el tema, vale decir la
publicación realizada en Madrid en 1945 por el coronel
auditor de la Armada don Amancio Landín Carrasco bajo el
título “Vida y viajes de Pedro Sarmiento de Gamboa”,
enjundioso volumen que en 307 páginas describe la existencia
de este auténtico marino renacentista “descubridor de las
islas Salomón, poblador y capitán general del estrecho de
Magallanes, almirante de la guardia de Indias” como reza el
subtítulo. El prólogo está signado nada menos que por el
historiador naval don Julio F. Guillén.
En septiembre de 1970, encontrándome de paso en Madrid, pude
visitar a Landín, conocerle personalmente y recibir de sus
manos un ejemplar autografiado de aquella obra que él había
publicado un cuarto de siglo antes y que forma parte de la
extensa bibliografía salida de su pluma. Landín era
subdirector de la Revista General de Marina, la que con
generosidad acogió varios artículos míos relacionados con
estas investigaciones histórico-arqueológicas efectuadas en
ese distante confín del Nuevo Mundo. Así, esta recuperación
de la huella dejada por la España de fines del siglo XVI fue
dada a conocer no sólo en revistas especializadas de
América, sino también en el ámbito de la propia marina
española. Desde aquel entonces mi reconocimiento hacia el
coronel Amancio Landín ha sido permanente y se ha traducido
en alguna que otra entrevista y, especialmente, en llamadas
telefónicas desde cualquier parte del mundo hasta su actual
retiro en Pontevedra.
Otro aspecto del interés de la Armada Española por estas
investigaciones fue la visita efectuada por la dotación del
“Juan Sebastián de Elcano” al sitio donde yacen los
vestigios de lo que fue el poblado de Rey don Felipe. Esto
ocurrió a fines de marzo de 1970, cuando la mencionada
unidad visitó el puerto de Punta Arenas y pude servir de
guía al grupo de marinos con los que en autobuses recorrimos
los 60 kilómetros en dirección al sur que separan la ciudad
de aquel histórico lugar. De acuerdo con el protocolo, la
delegación colocó una ofrenda floral en un sencillo
monumento levantado allí por el Centro Gallego regional y
que lleva una inscripción concisa, pero no por eso menos
acertada: “Aquí estuvo España”.
Como corresponde a esas latitudes, hacía frío y recuerdo a
oficiales y guardiamarinas con el cuello del capote
levantado para defenderse del viento antártico, entre ellos
los capitanes de fragata don Alvaro Fontanals, comandante
del buque-escuela, y don Federico Fernández-Aceytuno,
agregado naval a las Embajadas españolas en Chile y
Argentina. Obviamente, y frente a la dureza del clima, no
pudieron faltar comentarios acerca de las penurias que debió
soportar ese puñado de españoles que cuatro siglos antes
habían quedado allí abandonados a su suerte con un mínimo de
recursos.
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A medida que la historia de esos poblados se fue delineando
más claramente con el apoyo de la información arqueológica,
ésta atrajo la atención de más personas interesadas en el
tema. Por ejemplo, conservo amabilísimas y alentadoras
líneas recibidas en 1971 y 1972 del embajador de España en
Chile Miguel Sainz de Llanos y de su sucesor Enrique
Pérez-Hernández; igualmente del Ministro de Marina almirante
don Adolfo Baturone Colombo, quien me indicaba en una carta:
“No le puedo ocultar que las conclusiones de estos trabajos
son del mayor interés para nuestra historia naval, al
comprobar que los primeros europeos que reconocieron esas
tierras fueron precisamente marinos de España”. En años
posteriores tendrían gestos equivalentes, de cortesía e
interés, el Ministro de Marina almirante don Gabriel Pita da
Veiga y el embajador de España en los Países Bajos -y socio
fundador de la R.L.N.E.- don Jorge del Pino y Moreno, de
cuyas manos tendría el honor de recibir la Cruz al Mérito
Naval en 1983.
DEL FRÍO PATAGÓNICO AL TRÓPICO CARIBEÑO
España poseyó en el continente americano -Antillas
incluidas- mucho más territorio del que a veces se cree,
hasta que la guerra de 1898 puso fin a su presencia
político-administrativa en esa parte del mundo. Por ejemplo,
es el caso de la isla de Tobago que junto con la de Trinidad
conforman una joven república independizada del Reino Unido
en 1962, estando separada de Venezuela sólo por el golfo de
Paria. Como muchos territorios caribeños que completaron su
historia colonial bajo diversas banderas, Tobago fue por un
tiempo de España, desde que la avistó Colón en 1498 hasta
que las arremetidas militares de siglos siguientes la
hicieron pasar a manos de otras naciones.
En la época de la vela, Tobago era con frecuencia la primera
tierra americana avistada por las naves que se dirigían al
Nuevo Mundo. Esto hizo que, a pesar de su escasa superficie,
fuese codiciada como punto de recalada por las potencias de
la época. Cada nación que llegó a ocuparla, parcial o
totalmente, levantó allí fortificaciones y otras obras de
defensa en su perímetro. No deja de sorprender que aquella
isla, de vegetación exuberante y población acogedora, haya
sido en el pasado y a lo largo de siglos escenario de
combates despiadados entre naciones europeas que trasladaban
hasta el Caribe sus disputas políticas y comerciales.
La atracción de este complejo pasado indujo a diseñar en
1987 un proyecto de estudio contando con la participación de
los arqueólogos A. Boomert, H. H. van Regteren Altena y el
autor de estas páginas. En lo fundamental, se llevaron a
cabo prospecciones en el terreno e investigaciones en
archivos y bibliotecas, todo lo cual condujo a elaborar un
mapa resumiendo el potencial histórico-arqueológico de
Tobago, además de una serie de recomendaciones para la
preservación de ese patrimonio.
Como ya lo indicáramos, es sorprendente constatar la
cantidad de monumentos históricos allí existentes
-inventariamos 62- especialmente de los siglos XVII al XIX,
tales como edificios vinculados a plantaciones de caña de
azúcar, índigo y tabaco; fortalezas y baterías costeras;
edificios administrativos; etc.
En Venezuela, en años recientes y trabajando en equipo con
los colegas holandeses W. H. Metz y B. L. van Beek, hemos
podido comenzar una investigación documental y de terreno en
la zona vecina a la ciudad de Cumaná (Estado Sucre). Esta
localidad fue una de las primeras establecidas por los
españoles en tierra sudamericana y la más antigua de
Venezuela, habiendo sido fundada en 1521 por Gonzalo de
Ocampo bajo el nombre de Nueva Toledo, estando ligada su
existencia a la extracción de perlas desde las aguas que
circundan las islas Margarita y Cubagua. El golfo de Cariaco
separa Cumaná de la península de Araya donde se levanta el
imponente fuerte del mismo nombre -mejor conocido como
Castillo de Araya- vestigio del sistema defensivo creado en
la primera mitad del siglo XVII contra las incursiones de
naves holandesas y de otras banderas que solían promover el
contrabando y la piratería.
El origen del conflicto residía en la presencia de una gran
salina todavía existe detrás del fuerte, la que despertaba
la codicia de los holandeses que en esa época, a causa de la
Guerra de Flandes, estaban impedidos de adquirir sal en
Andalucía o las islas de Cabo Verde que habían sido sus
fuentes tradicionales de aprovisionamiento. La sal les era
insustituible en la conservación del pescado, exportado a
escala industrial desde los Países Bajos hacia otros países
de Europa.
Estos y muchos otros episodios de la historia de España han
dejado improntas arqueológicas en el continente americano.
Sólo nos hemos referido, y muy de paso, a aquellos que hemos
tenido la suerte de analizar directamente. Ya habrá
oportunidad para ampliar esta reseña e insistir en la
necesidad de salvaguardar y dar a conocer este patrimonio
histórico.
Omar Ricardo Ortiz-Troncoso, Ph D
Investigador y docente (emérito) Univ. van Amsterdam
Miembro de la R.L.N.E. y de la Liga Marítima de Chile |